(via rebelleblog)
Source: fashionising.com
Source: supersonicelectronicThis is a piece from the group show, “Rock Paper Sinners,” at Phone Booth Gallery in Long Beach, California. The show is up until May 8th.

[Antes de leer escucha esta canción: Around (Solomun Vox Remix) de Noir And Haze].
Mientras Seth Troxler pinchaba lo más selecto del deep-house, me aparté de la multitud y me senté en un sofá blanco ubicado en una esquina del lugar, sobre el lodo, lo más lejos de la tarima. Malditas tendencias clichés.
Tomé aire, miré el césped expandirse sobre mis zapatos. Me encontraba en la fiesta de este Dj hipster, precursor de la nueva movida tech de Detroit, desconocido para la mayoría, hasta para mí. Había ido a parar a dicho evento gracias a una amiga del tipo al que de un momento a otro yo empecé a llamar “roommate”. Aquella tía había pronunciado la siguiente frase: “Mis mejores orgasmos los he tenido con sets de este morenazo”. Quizás ella estaba exagerando, pero la idea de poder excitarme en la pista, mientras veía a alguna chica linda, me llamó la atención.
La fiesta tomaba lugar dentro de un gran inflable blanco; el Inflate, como se le llama a esta especie de carpa cúbica, estaba ubicado en lo que normalmente se conoce como un potrero. Tan solo una parte del césped había sido cubierto con un piso de madera color negro, por el que la hierba trataba de colarse. Aquel lugar años atrás era uno de mis favoritos. Todos los sábados iba con mis dos mejores amigas a comer ácidos. Pasábamos horas hablando gilipolladas, analizando “el ensamblaje” de los dientes de león, compenetrándonos con el ambiente, viviendo pelis extrañas y comiendo gomitas de ositos de colores. Ahora todo eso era un vago y desolador recuerdo.
Sin importarme que mis zapatillas deportivas Adidas Originals Droids, se llenaran de lodo, estiré las piernas, me mordí dos veces los labios y suspiré un poco decepcionado. La música de este Dj americano no me estaba produciendo ni una pequeña erección. Ni para hacer un movimiento desenfrenado o una sonrisa desquiciada. Luego pensé en mi vida y me sentí peor.
Tenía 25 años y no tenía ni un peso para siquiera tomarme una cerveza Poker. Había estado de juerga el día anterior, había gastado lo poco que me quedaba en drogas, pero ni siquiera aquellas sustancias químicas me tenían al tope. A mi mente traje la imagen de mi mejor amiga bailando a mi lado y sonriendo. La visualicé con un sombrero Panamá sobre su rubia cabellera. Uno de esos tradicionales sombreros con ala que se hace de las hojas trenzadas de la palmera del sombrero de paja-toquilla (carldovica palmara). Dios bendiga a Wikipedia. Luego vi cómo mi amiga flirteaba conmigo, me sacaba la lengua y me daba un pico en la boca. Siempre lo hacía para perturbarme o quitarse de encima a algún pesado (la mayoría de las veces extranjeros). A mí usualmente no me molestaba, pero había momentos en que aquellos flirteos me antojaban. Siempre quise tacharla de la lista…
Me quité la gorra negra con rosa que hace poco había comprado en Jamaica, y la arrojé unos cuantos metros delante de mí. Se extendió sobre el césped sin que nadie lo notara. Quise estar en aquella playa privada del Hedonism Resort, en la que durante cinco días no hice más que beber cócteles, fumar la mejor ganja del mundo, andar con prepagos, narcotraficantes y ver gente tener sexo. Este pequeño oasis dentro de mi rutinaria vida había sido posible gracias a que mis dos jefes rechazaron la invitación por ser algo muy “lobo” y que no aportaba mucho a sus privilegiadas vidas. Dios bendiga la clase alta.
Durante unos segundos permanecí inmóvil observando la multitud. Todos bailaban, tomaban licor de los vasos que sostenían en sus manos, movían la cabeza, se reían, eran felices o al menos pretendían serlo. Los asistentes, en su mayoría hipsters, algunos con los típicos anteojos de marco grueso de pasta, se movían con actitud de “no pedí nacer pero aquí estoy”. Otros de los que habían ido a la fiesta -con estilos y actitudes más comunes- que no les interesaba aparentar que no habían nacido en Colombia, reían y decían vulgaridades mientras bailaban y aplaudían. Era un grupo de caleños y paisas. A la gente de estas ciudades le gusta que uno las identifique fácil. Está en su ADN.
Detuve la mirada en dos chicas preciosas del segundo tipo de gente; ambas llevaban vestidos negros muy cortos. Una era rubia, la otra morena. Las dos eran de senos grandes y poseían unas largas y torneadas piernas que finalizaban en unos finos y altos tacones. Me quedé unos segundos en las pantorrillas, luego en los tacones, luego volví a los senos. Recordé que Bukowski siempre decía ser un hombre de piernas. Yo más bien soy de senos.
Dejé de mirarlas y busqué en el bolsillo del pantalón las llaves de mi casa. Me reí, ni siquiera podía decir que era mi casa. Así que alcé las llaves del departamento en Chapinero Alto donde cada mes pago una especie de renta, porque ni siquiera firmé el contrato, las lamí, esperando que los rastros de cocaína me produjeran algo aparte de dormir mi lengua, luego las tiré contra el césped húmedo. Rebotaron y terminaron a escasos centímetros de la gorra. De inmediato sentí ganas de arrojar mis anteojos de pasta. Pero me contuve porque quise seguir observando a la gente que estaba a unos buenos metros de mí. Una brisa helada hizo que me llevara las manos al interior de mi cazadora. Para mi sorpresa, sentí un bulto duro en un bolsillo interno. De inmediato saqué aquel objeto de cerámica, pintado con vinilos brillantes; lo reconocí y quise saber cómo había ido a parar allí. Era un pequeño pato que una desventurada con la que me había encariñado, me dio alguna vez. El objeto tenía un hueco en su parte inferior y adentro se podía leer la palabra “Insane”. Me transporté a varios años atrás en mi vida cuando conocí a esta mujer en la discoteca de un hotel. Recuerdo que ella decía que yo era un maniático y con ternura me llamaba de esta forma en inglés. Rememoré dándole besos mientras movía sus grandes ojos y hacía muecas para hacerme reír. Luego me acordé de algunas veces en que la insulté borracho sin motivo alguno; aunque fui un cabrón luego ella también se portó mal. Cuando a uno le dicen constantemente que está loco termina creyéndose el cuento. Miré el pato por última vez, observé la hora en mi reloj Alessi -otro regalo de una chica que no veía hace muchos años, pero a la que tenía presente como si se hubiera ido ayer-. Recordé que sobre mi pecho, bajo mi fecha de nacimiento tatuada, llevaba un collar con un bigote de metal. Otro regalo de una tía a la que no traté muy bien porque me asusté al notar sus ganas de compromiso. A mi mente vino aquella frase de Víctor Carranza: “Con el tiempo, le tendrás cariño a todas aquellas hembras con que te diste besos y te dieron objetos”. La verdad es que siempre he sido un poco interesado y materialista. Una tía me gusta más si aparece de sorpresa con atractivos y costosos objetos de Inkanta, si elabora algo a mano para ponerlo de adorno en mi escritorio, si posee un coche para que me lleve al trabajo o si su padre hizo un negocio turbio alguna vez en su vida y ahora, tras años de lavar ese dinero en almacenes, restaurantes, y negocios, es considerado un exitoso empresario.
Suspiré por segunda vez. Arrojé el pato contra el césped. No se hizo pedazos y sus ojos brillaron por las luces del lugar. Tenía 25 años y la vida no era cómo imaginé. Me había convertido en periodista porque no encontré mayor cosa para hacer con mi carrera de comunicación social. No tenía coche (el que había tenido alguna vez lo vendieron durante la crisis económica que azotó a mi familia), la idea de una especialización era algo lejano, tanto, que ya mis padres ni la mencionaban; además, desde hace unos meses, no podía mear tranquilo, el chorro no salía completo sino me tiraba un pedo a la vez. A veces el pedo era sonoro pero sin olor. Otras veces lo contrario. El problema había llegado de la nada y mear en sitios públicos o baños que no fueran el de mi casa o el de algún amigo de confianza se había convertido en todo un martirio. Aparte de todo esto, no tenía una chica fija, linda y decente que cada mañana me despertara frotándome el miembro, para que antes de ir al trabajo hiciéramos el amor.
Las tías que me gustaban había que hablarles mucho, trabajarles, hacerlas sentir especiales, recogerlas en un buen coche, llevarlas a exquisitos restaurantes, invitarlas a tomar cócteles de colores, llevarlas a ver pelis malas, pagarles las entradas en todos los sitios y comprarles cosas de vez en cuando. Escasamente con el sueldo que tenía me alcanzaba para aparentar, darme mis gustos, reivindicar mi existencia y sentir que no había perdido mi estatus.
Además siempre he sido malo para el verbo, y pues como no soy Brad Pitt o un gilipollas de dos metros, todo el proceso de ligue me da pereza, me gusta ir al grano. Si tuviera pasta las cosas serían más fáciles. Así que ya me había hecho a la idea de que prefería andar solo, que con una tía fea o con una humilde. Lo curioso era que ya no quisiera tratar a las que me gustaban como ellas querían, como se lo merecían; alguna vez en mi vida lo hice y me encantaba; les compraba el licor de su predilección, las llenaba de prendas Diesel -para muchos algo ordinario, a mí me encanta-, las recogía donde estuvieran y paseaba con ellas por donde ordenaran, les regalaba el perro que quisieran, alquilaba la suite más cara del mejor motel de la ciudad -para las que se hacían las asquientas-, las llevaba a la disco crossover de moda y me encantaba que hicieran que la factura de la cuenta se extendiera por fuera de la “carpeta”; yo era feliz de esa forma, ellas más; pero ahora…, ahora me era imposible complacerlas.
Por eso, cada vez que la gente me preguntaba por qué no tenía novia, respondía que no me alcanzaba. Algunas veces cuando contestaba de esta forma y exponía mis argumentos, unos guardaban silencio. Las chicas de mis amigos decían que yo era un cabrón, otras tías me alegaban que no todas la de nuestro estrato o círculo social eran interesadas. Yo allí me sentaba o me ponía cómodo y les exponía que vivíamos en una ciudad, país y sociedad, que nos ha impuesto esos roles. Nos crió así. Y que por más amor que sintieran, buena vibra que manejaran, desinterés desenfrenado que añorarán, dinero que tuvieran, al final se iban a aburrir, iban a querer un tío que las hiciera sentir especiales, tuviera su misma capacidad adquisitiva, sirviera de apoyo en momentos difíciles. Además ya después de los 25 uno debía estar medio estable y yo la verdad producía cualquier cosa menos estabilidad. Ya me había cansado de andar con chiquillas monas pero alternas, y las tías de mi edad que me interesaban, o las chiquillas que estaban muy bien, que se creían de 32, querían levantarse un domingo y saber que tenían asegurado por mi cuenta, las tres comidas con estilo. Se aterrarían al darse cuenta que usualmente yo me levanto escarbando el abrigo del día anterior pasada a cigarro y trago, o la ropa de la semana, cargada de sudor, buscando unos cuantos pesos que me salvaran el almuerzo. O que los porteros del edificio me mantenían prestando para el autobús, como si fueran familiares míos. Ellas querían poder decirme un día: “¿Y si nos vamos en semana santa a Cartagena, Santa Marta, Panamá o Miami?” o que les respondiera: “listo, de una” cuando me contaran que sus padres nos habían invitado a Argentina. Obviamente me gustaría decirles que sí, pero no puedo, no me alcanza, y para Estados Unidos ni tengo Visa. Me la negaron hace un mes al presentarme solo y a pesar de llevar todos los papeles necesarios, la americana de cuarenta años, encargada de hacerlo sentir a uno la peor escoria de este mundo, al oír mi edad, pidió mis extractos bancarios; para luego revisarlos y darme una carta diciendo que el gobierno de su país no me consideraba apto para pisar su territorio. Recuerdo que ese día se me hizo un nudo en el pecho y caminé sin mirar a nadie. Luego llegué a una tienda, pedí prestado el excusado, me senté en el inodoro y me quedé durante media hora mirando el suelo sin pensar en nada. “Con la mente en blanco”, es el título cliché de ese relato. Luego me reí, la americana la tenía clara, no me veía como un tío centrado que regresaría a su país natal. Así que salí del baño, llamé a mi jefe y le dije que no podría cubrir Exxxotica, la convención de la industria porno americana que recorre las principales ciudades de los Estados Unidos. Después me comí una puta empanada con arroz. No quise echarle del ají del lugar, porque parecía que estaba mezclado con semen.
Luego, a los que aun me seguían escuchando, les exponía ejemplos como que durante una época anduve con una chica con montañas de dinero, su padre era concejal, y a pesar de eso, yo terminaba siendo su benefactor. O mejor dicho mi padre, porque la verdad en esa época, era él el que me daba dinero. Y cuando le decía que era para salir o comprarle algo a Carina, pelaba sus dientes, me inculcaba que valorara a esa chica y me daba más billetes de lo normal, acompañados de un montón de consejos. Luego finalizaba con que algún día debía casarme con ella. Yo apenas tenía 18 años así que le respondía entre dientes que él estaba loco.
También traía a colación el caso de Ramón, uno de mis mejores amigos que nunca tenía un peso porque sus padres eran unos avaros, y lo poco que le daban, se lo gastaba en el casino. Pero Ramón andaba con una tía pudiente que se encargaba la mayoría de las veces de toda la parte financiera. En otras ocasiones ella se abstenía de gastar su dinero y prefería quedarse en casa viendo películas con Ramón, porque no había con qué salir. Después de seis meses aquella tía se cansó con justa razón. Ahora anda con un chaval judío, cuya familia es dueña de una cadena de restaurantes y varias joyerías. Cuando me la encuentro, solo expide felicidad, tranquilidad y un delicioso olor a Miss Dior Chérie; uno de los tantos perfumes que le regala su chico cada vez que siente que aquella mujer vale la pena. Imaginarán entonces que el guardarropa de esta delicia contiene un buen número de frascos.
Pero antes de que mis ahora pocos escuchas me refutaran, yo agregaba que no me estaba quejando, que mi intención era evitar todas esas situaciones embarazosas que podían dañar mi imagen y hacer sentir incómodas a varias tías. Agregaba que ahora de viejo, había empezado a sentir una atracción casi enfermiza por las tías que parecían salidas de un video de reguetón, y que me estaba empezando a abrumar porque ese tipo de tías, aparecían en sus fotos, montadas en todoterrenos, manejando quads, en casas campestres con columnas jónicas, asoleándose en grandes piscinas, en playas de Colombia que hace años no visito, en zonas húmedas de lujosos hoteles, en llamativos botes, y mansiones al otro lado del mundo con gigantes ventanales en vez de paredes. En la mayoría de fotos junto a ellas o abrazándolas, uno podía ver viejos, gordos malencarados y tíos de rasgos toscos -“matones” dirían muchos- ejemplos de lo que hacen un buen número de frascos de Animal Pak. A aquellas chicas, lo único que no les perdonaba era el exceso de iluminador alrededor de sus ojos, que en vez de resaltárselos, las hacía ver como mimos desteñidos al tornarles la cara blanca azulada. […“Bienvenido a este mundo artificial si el dinero paga tal lo puedes comprar, hasta la jeva que te tira te quiere cobrar, artificial, mundo artificial…”. A mi mente vino este estribillo cantado por Dalmata y Ñejo.]
Por eso desde hace algunos años me había limitado a emborracharme, drogarme y esperar a lo que me trajera la noche. A veces podía terminar con una belleza que me hacía pensar que quizás no era tan desgraciado. Otras veces con algo que ni miraría en estado normal y que me haría blasfemar al otro día y hacerles favores a mis amigos para que cerraran la boca. Pero ambos casos eran solo de unas horas, máximo un fin de semana. Luego no volvía a llamarlas o me les hacía el loco. Si veía que una chica linda -de esas que en otros cuentos llaman “hot sweet mamis”- quería continuar, prefería cortar por lo sano a que luego se desilusionaran.
También había optado por mantener contacto por Facebook, Gtalk, Messenger o por el BB Chat, con varias mujeres de mi ciudad natal, y cada diciembre que iba, las veía, nos acostábamos y por varias semanas, como tenía el dinero de la prima, de las vacaciones, más el que me regalaba mi familia, volvía a ser normal. Agarraba el coche de mi padre, me embriagaba con la chica que estuviera esa noche a mi lado y hacíamos una ronda por los mejores clubes. Lo bueno era que esto era pasajero, ella lo sabía, yo lo sabía, nuestros amigos lo sabían, hasta el poli que un día nos había detenido porque estábamos fumando marihuana, después de mirarle por un buen tiempo las tetas a Catalina, y dejarnos ir, lo sabía.
Otra táctica que había adoptado era meterme con tías con novio o hasta casadas. Y esta me salía mucho más rentable porque los gastos y compromisos eran mínimos. Este tipo de chicas ya tenían quien las llevara a comer, la invitara a cine, les regalara caros vestidos, los domingos las llevara al Tambor, les acolitara el capricho de adoptar un perro de la calle, les comprara el primer Groupon del que se antojaran. Y las más ordinarias, no tenían que preocuparse por el regalo de mes, la celebración de aniversario con una cama llena de pétalos, la fiesta de Amor y amistad, o llegar a sus casas y encontrar una reunión sorpresa por su cumpleaños. Contaban con un chaval emprendedor y exitoso para mostrar en fiestas y que sus padres dijeran: “ese chico tan amplio”. Pero entonces, para cuando las mojigatas se aburrían de estos entornos banales, aparecía yo. Solo debían textearme o llamarme, ir a mi casa y listo. Las recibía con ron Havana Club, cortesía del novio cubano de mi madre, o con Red Label, y como pasante, par botellitas de Smirnoff ICE. Luego, cuando terminábamos, las más centradas se marchaban no sin antes indicar nuestra próxima cita. A las que querían alargar el momento, las que tenían la esperanza de que quizás yo podría valer la pena, las resolvía con una idiíta a McDonald’s, par besos y a esperar que se sintieran vacías en sus vidas para que les diera por llamarme o hablarme por Facebook. A veces cuando estábamos teniendo sexo, llamaban sus novios. Algunas paraban, otras, las más promiscuas, seguían como si nada y hasta pedían con señas, que les diera más duro. En ese momento en el que la eyaculación se retrasaba y mi cabeza se ponía a divagar, deseaba nunca llegar a ser ese tipo que estaba al otro lado de la línea.
Otras veces cuando ninguna había aparecido, y yo quería acostarme con una mujer cómo quería, llena de cirugías (un cyborg), y que no me refutara si le metía la polla hasta la tráquea, esperaba a recibir mi sagrado sueldo, y ese mismo día, me iba solo o con amigos, a uno de los mejores prostíbulos de la ciudad. Donde albergan aquellas que están entre prostitutas corrientes y prepagos. Llegaba haciendo bulla, echando chistes con los meseros, analizando el ambiente, y como todo un Rodríguez Gacha, me acomodaba en una mesa, mandaba a pedir la rubia más buena del lugar, la más operada, pero con carita decente, la sentaba a mi lado y le preguntaba qué quería tomar; la mayoría pedía media botella de ron Viejo de Caldas. Luego, tras una hora de charla insulsa, baile, y hasta besos en la boca, si yo estaba borracho, transábamos en 150-200 mil pesos, más 40 de la habitación y comenzaba la faena en un cuarto con olor a ambientador barato. De esos ambientadores que ya cuando uno los huele, no huelen a Lavanda Primaveral, Canela Dulce, Kiwi Exótico, Sandía Jugosa, sino que evocan una cagada, o en este caso, semen con otros fluidos y sudor. Cuando al otro lado de la habitación se escuchaba un golpe y la palabra “tiempo”, o cuando yo acababa y quería salir de allí lo más rápido posible, comenzaba un ritual al que ya me estaba acostumbrando. Aquellas tías, que en primera instancia se presentaban como Mayerly, Andrea, Sara, Milena, empezaban a vestirse y ahora hablaban con naturalidad. Me decían que realmente se llamaban Juliana, Azucena, Victoria, Renata, Carolina, Cindy, y querían dejar su trabajo. Luego acomodándose las tetas con gigantes implantes, preguntaban que por qué un chaval tan lindo como yo, venía a estos lugares. Casi todas me contaban que se habían vuelto prostitutas por una chiquilla o chiquillo de dos años el cual les cuidaba su madre; finalmente me dejaban su número de móvil para que las llamara y me decían, antes de salir por la puerta, “ahora se va pa’ donde la novia”. Yo estiraba la boca y les respondía que nada de eso, que iba a llegar a hacerme una puñeta con sus nalgas. Todas se reían, una que otra intentaba darme un beso. Yo las esquivaba y las despedía con una nalgada a su culo de mentiras, gracias a algún producto barato que en algunos años les pasaría la cuenta de cobro.
Una tía del público, de cabello anaranjado, delgada, con un pantalón de animal print, y una blusa con la bandera de Estados Unidos, me miró por unos segundos luego comenzó a caminar hacia mí. Noté su intención de sentarse en el cómodo sofá donde yo estaba. No quería a nadie a mi lado, así que me explayé un poco más. La chica se detuvo, articuló la palabra imbécil y se devolvió al centro de la pista. Bostecé como lo hacen los tigres de bengala cada mañana, sin saber que son una especie en vía de extinción; pensé en los problemas que tendría el lunes cuando llegara a la oficina; pensé principalmente en los artículos que debía entregar y que cada vez se me hacía más difícil terminarlos de manera magistral; recordé que hacía poco, gracias al diario en el que trabajaba, había podido volver a tener tarjetas de crédito, pero de inmediato por compulsivo agoté sus cupos. Me faltaban meses para poder volver a usarlas libremente y desde hacía una semana no había podido dormir pensando en lo alto que iban a llegar los extractos. En la vida, lo más cercano al diablo son las tarjetas de crédito. Aunque no puedo ser malagradecido me han salvado de no lanzarme por la ventana, porque, ¿qué gracia tiene vivir si nunca llegas a tener o probar la mayoría de cosas que ofrece la televisión, el mercado? No sé cómo hacen los pobres. No sé cómo hacen las empleadas domésticas, los jardineros, el señor que clava las puntillas en mi cuarto, para después de volver de la casa de uno y llegar a la de ellos, no lanzarse de un puente y ensuciar más el asfalto. Cuando yo visito a mis amigos con casas campestres no soporto mi apartamento durante una semana, luego me vuelvo acostumbrar. Por eso tengo claro que quizás nunca tenga y ni llegue a manejar un Maserati. Pero un maldito BMW me compraré, un coche que muchos dirán que tiene cualquiera, pero yo aun no. Y no me importa si para conseguirlo, me toque sacrificar el esparcimiento de mi semilla en el mundo. Es triste que Daniel Vivas IV no se haga realidad. Pero su llegada, y la de sus futuros hermanos que no nacerán, dañarían todos mis planes, todas mis futuras compras…
Lo curioso es que yo no era el único que había adoptado esta forma de ver la vida. Con el tiempo había encontrado a otros tíos que pensaban igual. No alcanzábamos a ser una tribu urbana pero sí un grupo de estudio para hacer eyacular a un antropólogo de los Andes o La Nacional. “Los desarraigados”, como los había llamado una vez mientras trataba de ordenar algunos problemas existenciales, éramos periodistas, diseñadores, artistas, comunicadores, politólogos, músicos, por nombrar tan solo algunas profesiones, pertenecientes a la generación X y Y, que nos habíamos dado cuenta que estudiamos una carrera porque sí. Que aceptamos que nos gusta lo que hacemos pero todo el día nos quejamos de aquel oficio, porque no nos brinda todo el dinero necesario para conocer los países de los músicos, escritores y deportistas que amamos. Para comprar todas aquellas cosas a las que constantemente estamos expuestos. Somos todos esos que entendimos que Tyler Durden realmente es aquel chaval rico que lleva una camiseta del Ché Guevara. Que nos decepcionamos cada vez que Tarantino saca una nueva peli porque no es como Pulp Fiction. Que nos creemos mejores personas porque no consumimos televisión nacional y a los que Martín de Francisco y Santiago Moure vendieron. Somos todos esos tíos que después de cierta edad, entendieron que faltan 50 años para que nos peleemos por agua y comida, así que la solución más sensata es una vasectomía ahora que contamos con E.P.S. Algunos, los que en el fondo tenemos un poco de esperanza, congelamos nuestro semen por un millón y medio de pesos, y pagamos una mensualidad de cerca setecientos mil pesos por si algún día nuestro futuro cambia, nos casamos con una millonaria, o debemos aceptar que un crío puede ser compañía en la vejez. Somos todos aquellos que nutren su ego a consta de likes. A los que la palabra freelance no les es desconocida. Todos esos que abrimos un blog porque creemos que tenemos cosas importantes para decir. Que han pasado por todos los géneros musicales y más de una tribu urbana; que se masturbaron con Britney y no les molesta Lady Gaga pero alegan que los reyes del pop son Madonna y “San” Michael Jackson, sin importar si este último fue pederasta o no. [“El talento musical y las perversiones sexuales se pueden separar” Rubén Fonseca Aguilar]. “Los desarraigados” caminamos por la calle con audífonos, con la mirada fija en el suelo, esperando encontrar algo que aliviane nuestras confusas vidas. Para nosotros Laurence Fishburne siempre será Morpheus. Algunos te podemos hablar de Joy Division unas veces y otras de Don Omar.
Somos todos aquellos a los que se les dijo que deben conformarse con un malnacido Twingo. Los que estamos cansados de los remakes hollywoodenses de pelis y series de los 80, pero corremos al cine o las descargamos de RapidShare, con la intención de criticarlas, aunque en el fondo sentimos nostalgia. Somos clasistas, arribistas, sin tener mayor cantidad de pasta en nuestros bolsillos, por culpa de nuestros amigos y primos que nos invitaban y hacían sentir socios de su club. Somos todos esos que pusieron el grito en el cielo cuando a Superman le cambiaron el traje y quisieron llevar su historia por las mismas líneas de la de Flash. Tenemos algo de Batman en nuestro escritorio de la oficina y nos convertimos en esos que aunque estamos en pro de una independencia, en el fondo, como exponía Daniel Pardo, anhelamos cagar en excusados TOTO; en mi caso TIG. Representamos a aquellos que les duele cambiar de Kellogs a Musli, y vimos a las mascotas de Nestlé como unas viles copias. Odiamos a Andrés Caicedo, no nos molesta Chaparro Madiedo, pensamos que más allá de Satanás, Mario Mendoza no nos aporta nada. Sabemos que aunque Efraín Medina puede ser buen tío, es pura cursilería, y nos gusta leer a Fernando Vallejo, tras haber visto la película de su libro La virgen de los sicarios- por ser de los pocos maricones homofóbicos. Somos hijos de una revolución que nunca llegará. Hacemos parte de esos hijos que prefieren pelear con sus padres con tal de que estos no los obliguen a darles dinero de su primer escaso sueldo. Somos en conclusión, los desgraciados de La teoría del limbo de Carlos David González y Juan Martín Uribe, la de la uva de Mr. Miyagi o la del “Sándwich” como paralelamente la llamó un día Sebastián Plaza…
Volví a suspirar, recordé como si hubiera sido ayer un ejercicio que me había puesto la maestra de preescolar cuando yo tenía seis años. El ejercicio consistía en dibujarme como me imaginaba a los 22. Recordé que me había retratado alto, con lentes oscuros, aretes, los vaqueros rotos, parado frente a una gran camioneta roja; a mi lado aparecía una rubia también con lentes de sol, y al fondo una bandera de Estados Unidos. De aquella proyección solo tenía los aretes y quizás los vaqueros rotos porque no me compro uno de un material decente desde 2008, cuando no pude volver a entrar a un almacén Pilatos. Sonreí con tristeza, me quedaban cinco años para ser exitoso y la verdad, mi familia, mis jefes, mis amigos y por supuesto yo, sabíamos que eso quizás ya no se cumpliría. Si hubiera sabido cómo iba a extrañar los 17 hubiera jodido más. Empecé a preguntarme si realmente había sido buena idea haberme ido de la casa. Si quizás hubiera podido ahorrar más dinero quedándome. El problema es que no hubiera visto a todos los artistas que vi, ni conocido a gente tan interesante, ni disfrutado de todos aquellos eventos, ni escrito las pocas cosas importantes que he escrito, y quizás, ni hubiera conseguido trabajo. Tampoco me hubiera vuelto un poco más atractivo para aquellas tías que se dejaron por fin meter la polla cuando vieron que ya no vivía en su misma ciudad.
Hundí mis zapatos en el lodo, contraje mi abdomen que empezaba a sobresalir de nuevo por el licor, la falta de ejercicio y las frituras, y continué mirando a los que bailaban, con un poco de envidia. Qué hermosa parecía ser su vida, la mayoría había llegado en coches último modelo, compraba botellas de whisky, fumaba sin estar pensando gilipolleces. Quise irme a dormir, pero ni eso podía hacer, estaba en la calle 225 y el conductor que nos recogería, llegaría dos horas más tarde. Quise irme a dormir y despertar de nuevo en el 2007. Deseé un Smirnoff ICE bien helado. Deseé tener mucho dinero para llevarme un par de golfas de ese lugar y armar mi propia fiesta en mi casa, agarrar al malnacido negro hipster y hacerlo pinchar el mejor set de su vida, mientras Murillo, con las fosas nasales de color blanco, lo amenazaba con una mágnum presionándole los crespos. Deseé estar con mi amigo Carlos, ser dos tipos acaudalados y conducir cada uno un Aston Martin descapotable -como los del video de Rick Ross- por unas estrechas calles de Italia, mientras Camilo Collazos filmaba toda la escena, junto a un montón de gente que nos espera al final del camino. Deseé haber pasado más tiempo con mi hermana, haberle dado buen ejemplo, defenderla cuando alguien decía que era una zorra y no alcahuetearle todas sus locuras. Haberle impedido que trabajara en Hooters, cuando un día llegué a la casa y la vi probándose emocionada los insinuantes pantaloncitos naranjas. En aquella ocasión no dije nada pero en mi mente juré no tener hijas.
Hooters era lo más cercano a un prostíbulo donde iban las familias a vivir el sueño americano. Constantemente veía cómo más de un imbécil se excitaba con el coqueteo actuado de estas tías insulsas, delante de críos de diez años. Cómo se regodeaban con sus amigotes porque les agarraban la mano, les robaban una sonrisa. Cómo más de un gilipollas, incluso amigos míos, creían que tenían chance con ellas. Al principio, cuando iba ese lugar, obviamente las morboseaba. Con el tiempo me empezó a molestar que se me sentaran en la mesa, me preguntaran dónde estudiaba y qué hacía, solo porque la política del lugar las obligaba a actuar así. Un día, a una que estaba muy coqueta, le dije que se me acercara. Cuando se sentó a mi lado, y empezó a contarme estupideces de su vida, me desabotoné mi Levi’s y le dije que la veía muy alegre, que por qué no mordía este “pollo”. Me sacaron casi que a golpes el administrador y las demás meseras. Cuando mi hermana entró a trabajar a este lugar, no pude volver. Empecé a ir a Mr. Wings.
Comencé a reírme de todas estas escenas bochornosas, luego volví a desear, es más, ofrecí mi alma al diablo por un Smirnoff ICE y unos cuantos pesos de más…
Una mano larga y delgada apareció sobre mi campo de visión sosteniendo una botella de la añorada bebida. En vez de servilletas un fajo de billetes bordeaba la botella. Volteé a mirar atónito. El dueño de aquella mano era un hombre de 30 años, delgado, de piel colorada, ojos verdes, nariz aguileña, cabello castaño con algunas partes muy rubias, y una sonrisa curiosa que mostraba unos dientes desordenados y la ausencia del de la mitad. El sujeto me pareció familiar. Durante unos segundos permanecí inmóvil observándolo. Estaba seguro de no haberlo visto llegar, ni de haber sentido que se acomodaba a mi lado. El hombre movió su mano y dijo:
- ¿No era esto lo que quería?…-
Abrí más los ojos, aplaqué el miedo. Luego sin musitar palabra tomé la botella y el dinero, observé la etiqueta del Smirnoff, brillaba y las letras cambiaban de color. Puse mi mirada en la multitud y llevé la botella a mi boca, apreté los billetes. El licor enfrió rápidamente mi paladar, sentí un gran vacío en el estómago y me vi visitando todos los lugares que siempre he querido conocer en el mundo. Todas esas playas vírgenes, esas ciudades cosmopolitas, todos esos parajes mágicos. Me observé oliendo cocaína de las nalgas de varias mujeres mientras un jeque árabe y mis amigos Tascón y Uribe, aplaudían y me grababan con una 5D. Sí, esa cámara de Canon con la que más de un imbécil tiene sueños húmedos. Me vislumbré dando una conferencia en un recinto donde había más de mil personas y a unas colegialas, con la edad permitida para tener sexo, recién cumplida, ansiosas porque les firmara mi libro de relatos mientras las dejaba lamerme las bolas. Luego me observé en un yate por el Mediterráneo, poniendo música tras una consola, cinco narizonas griegas bailando, y mis amigos Pepe Pedro y Mateo, junto a mi hermano, muertos de la risa por mi espectáculo. Después me visualicé cazando elefantes en el África con mi mejor amiga Isabella, ambos llevábamos sombreros de safari. Tuve casi una pequeña erección al ver el animal caer. De nuevo estaba frente a más de cien mil personas, todas alababan a mi banda mientras Alfredito terminaba con un solo de batería. Sentí el viento frío de Nueva Zelanda, mientras cabalgaba sobre un corcel negro por una pradera donde filmaron varias escenas de la saga de El Señor de los anillos. Me vi correteando unos pingüinos en la Antártida, mientras mis huesos se calentaban bajo diez capas de abrigos. Escuché las risas de un montón de gente como B.O.B. y Agyness Deyn, en una fiesta de Adidas Originals, mientras los tipos de Carma Cobra pintaban un muro de forma enérgica con Red Bull y whisky corriendo por sus venas. Me vislumbré sentado bajo el fuego, con la cara pintada, escaso de ropa, al lado de unos aborígenes polinesios, ansiosos por comenzar el ritual donde una pequeña hace la transición de chica a mujer.
El hombre interrumpió mis visiones diciéndome:
-Esas cosas tan básicas y egoístas, ¿es lo que quiere hacer?-.
Volteé a mirarlo de inmediato. Le brillaban los ojos y no mostraba mayor expresión en el rostro. Siguió diciendo:
-No prefiere ser el gestor de la paz mundial, curar todas las enfermedades, ayudar a los críos que mueren de hambre, salvar el Amazonas, proteger a los animales, comprobar la corrupción de un buen número de países-.
Me quedé meditando por unos segundos. Le respondí que no. Luego agregué que quería ser joven por muchos años y vivir siempre al máximo. El hombre sacó un cigarrillo de su bolsillo, se lo puso en la boca. Me miró con desdén y pronunció las siguientes palabras “nunca aprenderán”. Luego me dijo que debía olvidarme de mi familia. Le agregué que lo haría si a mis hermanos y mis padres, les hacía ganar la lotería. El hombre alzó la mano izquierda, de su índice salió expedida una pequeña llama de color naranja intensa, me eché para atrás asustado. Pronunció las siguientes palabras:
-Delo por hecho, pero no la lotería, sino el dinero de un seguro de vida suyo del que no tenían mucho conocimiento-.
Vi a mi padre con mi hermano y mi hermana cabizbajos, reclamando la pasta, volviendo a hablar con mi madre destrozada, tras años de disputas, dándole una gran parte. Luego yéndose a vivir a Bermudas. Con el tiempo olvidarían mi extraña desaparición. En este mundo todo se arregla con un buen puñado de billetes. Luego le dije al hombre de manera sutil que yo no podía estar solo. Que debía escoger a alguien que me acompañara. El hombre aspiró del cigarrillo, me preguntó si quería también condenar a mis mejores amigos y quizás a mi hermano. No hice caso al verbo “condenar” y le respondí que habláramos con ellos. El hombre soltó una carcajada aterradora, luego agregó la palabra “olvídelo”. Lo observé por unos segundos, miré mi botella de Smirnoff ICE, de nuevo estaba hasta el tope.
-Hubo una época donde lo que multiplicaba era el vino-.
El comentario me hizo voltear a mirarlo de inmediato. El hombre guiñó el ojo.
-En esa época estaba de moda la barba larga-. Agregó. Lo miré asustado.
-Durante periodos, imposibles de calcular en su precario entendimiento, me les he presentado de diversas formas para una y otra vez, verlos caer. Pero aquella barba siempre cala más de lo normal-.
Tragué saliva.
-Tanto, que los que considero los más sabios, siempre terminan matándome-.
Miré asustado al hombre. Siguió diciendo:
-Cuando me les presentaba como animales todo se convertía en mitología barata y templos llenos de enfermedades-.
Me imaginé en Grecia, Indonesia, no, mejor en la India.
-Cuado otros se dieron cuenta de que si morían por una causa noble, les daría todo lo que siempre quisieron, no entendieron y comenzaron a llenarse de explosivos y a acabar con sus semejantes. La palabra noble no la interpretaron de la manera adecuada-.
Apreté la botella.
-Cuando aquellos por fin encontraron su pueblo se dedicaron a matar a sus vecinos… Y solo estoy hablando de los de este plano. Cada vez que ustedes vuelven a inventar el Internet, corroboro que no aprenden, y reseteo todo de nuevo-.
El hombre me sugirió no estrujar tan duro la botella de vidrio. Ni me inmuté.
-Al final me di por vencido, está en su naturaleza la autocondena-.
Lo miré por unos segundos, no creí realmente lo que estaba pasando. Cuando iba a afirmarle lo que pensaba sobre él, me respondió de manera tajante:
-No soy Dios, no soy el diablo, no soy Jesús. Le nombro aquellas imágenes por sus creencias católicas. No soy ninguna de esas deidades de otras latitudes, otras en la que creen sus semejantes, de las que no sabe nada pero lleva en camisetas estampadas y tiene de adorno en su cuarto para creerse muy pop. Tampoco soy alguna de las que pintan artistas como Malo. No soy nada de lo que cree y de lo que le han enseñado. No soy Jehová, Yahvé, Alá, Jah, Visnú, Shivá, Atón, Cao Đài, Olodumaré o Buda. No soy Satanás, Belcebú, Mefisto o Lucifer. No represento a Quetzalcóatl ni a Tezcatlipoca. En este momento luzco como luzco porque así me imaginó. Le hablo de cierta manera porque así me proyectó. Los conceptos que le enseñaron como religión, el bien y el mal, castigo, pecado, redención, creador, mesías, salvador, Dios, el diablo, santo, demonio, cielo, infierno, debe revaluarlos-.
Quise salir corriendo pero me contuve, quise gritar pero entré en razón. Abrí los dedos de la mano para soltar la botella, permaneció suspendida en el aire con los billetes envolviéndola.
-Todas esas palabras, esos conceptos, esas paradojas son insustanciales. Las fuerzas que están más allá de su entendimiento definámoslas como entidades. No soy su creador. No lo hice, no los hice a imagen y semejanza. No sé nada de ustedes. Toda esa palabrería, toda esa basura creacionista es inventada por ustedes mismos. Tampoco soy su Némesis. Se la dejaron meter hondo de falsos profetas, megalómanos, paganos, esotéricos supersticiosos que forjaron figuras monstruosas como los tíos del Gran Rabinato, el Arzobispo de Canterbury, El Patriarca de Constantinopla, el Papa o el Dalai Lama. Ahora puede elegir tres caminos, acompañarnos deseando todo lo que quiere, todo lo que acababa de ver. Tener todo eso que añora, continuar a nuestra merced y cumplir con ciertas cosas. O puede mejorar el mundo, luchar por eso que usted conoce como humanidad, planeta, que yo llamo, que nosotros llamamos, en sus palabras: “mierda”, “basura”. Pero de todas formas debe hacer cosas por nosotros. El tercer camino es olvidar nuestro encuentro. Hacemos que nunca habló conmigo, todo fue un mal viaje a raíz de los ácidos y las otras drogas. Volverá a su incipiente vida. Como recuerdo vomitará durante horas.
Me pareció curioso que ahora el hombre hablara en plural. Observé a los lejos a la gente que había ido conmigo. No eran mis amigos de siempre, pero era lo que había. Detallé sus patéticas y drogadas caras. Observé a uno peleando con su chica porque lo había llamado por el nombre de un antiguo novio de ella. El tío tenía toda la razón pero yo no estaría armando tanto escándalo si tuviera una tía de ese calibre: drogadicta, de dinero y rasgos imponentes. Observé a una gilipollas llorando en silencio por el patán al que deseaba llamar esposo. El muy cabrón vivía en Europa, se había hartado y un día decidió hacerle la lista de tías con que se había acostado estando con ella, solo para hacerla sentir mal y enamorarla más. Observé a otra de mis amigas apretando los labios, con sus ojos desorbitados, clavados en un bastardo que ni la volteaba a escupir. Detallé a otro tío que buscaba encajar en un mundo que lo podía rechazar. Observé a un montón de gente moviéndose de un lado para otro, tratando de no chocar sus cuerpos porque esa era la idea que tenían de diversión. Fui testigo del beso apasionado de dos maricones. Sentí asco. Luego del beso de dos tías, no me pareció muy cool como a la mayoría de imbéciles. Aunque por mi profesión tenía amigos “roscones”, conocía a más de una arepera -mi hermana por ejemplo se daba besos de vez en cuando con sus amiguitas-. Había sido subalterno de varias “locas”, tenía familiares torcidos que hasta habían muerto de sida, en el fondo, y debía reconocerlo, me molestaban aquellos comportamientos.
Llevé la botella de Smirnoff ICE a mi boca, el vodka se sentía con fuerza. Fijé la mirada en el césped y recordé aquella época cuando no tenía trabajo. Todas las veces que me habían rechazado para un puesto. Las sonrisas fingidas, la enumeración de mis cualidades y capacidades. Los días de angustia porque el teléfono no sonaba. Todas las cartas de presentación, recomendaciones, curriculums y demás papeles, que había escrito y enviado por correo físico y en línea, durante todos estos años. Pensé en todos los documentos, y papeles que me faltaban por enviar, para sentirme un ciudadano decente y moldeable para organizaciones como Bancos, Centros de estudios, empresas, inmobiliarias, corporaciones, entidades medicas, de migración y gubernamentales. Me visualicé peleando con una chica que dominaba mi vida, me hacía cambiar mis hábitos, mis gustos, me ponía en función de ella. Me hacía pagarle hasta la goma de mascar, me deba órdenes cada dos horas, me criticaba a mis amigos y me armaba pelea por cualquier minucia para sentirse amada. Me jodía por estar pegado a varias consolas. Me hacía comprar un perro y luego me alegaba porque quería bebés. Ya había podido liberarme de mi madre, mis tías, mi hermana y mis abuelas. A ellas las quería, a las que vinieran también, pero no quería caer en rutinas con preceptos patéticos. Recordé aquel fragmento de la misógina novela de Vargas Vila, BIS, que una tarde mi amigo Jonathan Bravo me había entregado para que analizara: “…Ama el amor de los sentidos. Huye del amor del sentimiento. Sé sensual, no seas sentimental. Mutila tu corazón. El amor es la esclavitud. Toda libertad perece con él. Ama a las mujeres. No ames a la mujer. No ames nunca a una mujer. Esa será tu perdición. La mujer es la fuente del dolor. La mujer lleva en el vientre la tragedia…”. Sentí escalofríos. Por las mujeres la mayoría de hombres nos levantábamos todos los días al trabajo. Por las mujeres salimos a las discotecas a emborracharnos…
Recordé a mis amigos que ya tenían críos, caminando tristes por los centros comerciales mientras yo los saludaba ebrio. Me observé de nuevo caminando por las calles de Bogotá llenas de mierda e indigentes; por los pasillos de mi oficina, con el peso de las deudas en mis hombros. Con las llamada de los agentes de diferentes call centers taladrando mis oídos. Porque cuando uno le debe a la gente, se siente sucio, mantiene harto, le pesa su existencia y siente que hiede a algo horrible. Uno se baña dos horas, se embadurna de champú, de jabones, se da estropajo, se refriega las axilas, se limpia los rastros de costra del glande. Luego se corta las uñas, se perfila la barba, se depila los genitales, se embadurna de crema humectante (Lubriderm está bien) exprime aerosoles contra los pies, las axilas, el ano, se echa polvos en las partes nobles, se cepilla los dientes con alguna crema blanqueadora, se aplica cera o gel en el cabello y se perfuma, con la nueva fragancia de Hugo Boss o Paco Rabanne, y sale a la calle…, pero más se demora en llegar a la parada del autobús que en volverse a sentir asqueroso. Uno no quiere aceptarlo pero es por deber dinero.
Tomé la botella de Smirnoff ICE que seguía flotando en el aire. Me paré de inmediato del sillón. Miré a la gente bailar y aplaudir. El negro americano había comenzado a introducir el remix de la canción Around de Noir And Haze. Los sonidos de los sintetizadores se convertían en punzadas para el cerebro. El hombre se paró a mi lado. Medía casi dos metros, sonrió. Bebí hasta agotar el vodka con sabor cítrico, me guardé los billetes en un bolsillo del abrigo, luego tiré la botella contra el césped, cerca de la gorra, mis llaves y el pato. Quise llevarme este último al bolsillo pero ya era demasiado tarde. Quise volver a otra época pero era imposible. Le dije al hombre que tomaba el primer camino, que a la mierda la humanidad. A la mierda tú, él, ellos, vosotros, menos yo. Me visualicé con mi amigo Plaza en el festival de música electrónica Tomorrowland en Boom, Bélgica. Sentí el sudor de la gente y el sol penetrar con fuerza nuestras gafas Carrera. Aunque el hombre sabía mis respuestas, mis pensamientos, mis próximos movimientos, se esmeraba por actuar como si él fuera humano. La gente gritó cuando se escucharon los vocales:
Have you ever felt like you’ve been hurt before?
By the ones that said they only loved you more?
Inflicted pain and scars of sorrow,
like an empty shell I wait for tomorrow…
I sit here wondering why you walked away
Did I ever do you wrong in any way?
Was it something I said to you that made you change?
There is no more sun… there is only cloudy days.
El bajo irrumpió en mis oídos y empecé a mover mis pies de un lado para otro siguiendo el tempo de la canción.
Yeah!..
Miré al hombre, empezó a crear un haz de luz verde alrededor de sus manos. Tragué saliva. De nuevo controlé mi miedo. Agregó si yo tenía alguna pregunta. Pude haberle preguntado cualquier mierda. ¿Cuál era el significado de la vida?, ¿quién era realmente?, ¿si tenía qué ver con las cosas buenas o malas que nos pasaban? ¿Si había vida en otro planeta? Si mi abuela era la que había tomado aquel condón que un día de ocioso, a los 8 años, me probé y deje por ahí tirado al no entender para qué era. Pero lo primero que me salió fue:
-¿Por que me están empezando a gustar las gordas?-.
El hombre me miró y comenzó a reírse sin parar. Bajó las manos y el haz de luz desapareció.
-En serio, estoy hablando muy en serio, antes me gustaban las langarutas drogadictas anoréxicas garetas; y de un momento a otro me he encontrado a mí mismo babeando por un par de perniles en cacheteros deliciosos-. Le repliqué.
El hombre siguió riéndose.
- O sea, no gordas, gordas, sino trozudas voluptuosas en su punto. Y si están operadas mejor-.
Entre risas me respondió que él no era mi psiquiatra que eso lo debía resolver yo. Luego me dijo que dejara de criticar, que yo que me creía, que si no me había visto el estómago, luego me preguntó si quería cambiar algo en mi apariencia que no era la mejor. Recordé que mi madre me hablaba de manera similar a veces. Le respondí al hombre que con el tiempo discutiríamos eso. Mi móvil vibró. Lo saqué de mi bolsillo. Tenía veinte llamadas perdidas de mis amigos y varios mensajes de texto y voz. Pude leer que hacía 15 minutos el conductor había llegado. Yo no había sentido nada. Pude escuchar que me habían buscado, así que les iba a tocar irse sin mí. Los traté de localizar con la mirada entre la gente. Ya no estaban donde los había dejado minutos antes.
What goes around will come around and come back and get yah…
Todos los asistentes comenzaron a bailar de forma más enérgica. Alzaron las manos y gritaron. Mis Adidas Originals se movieron más rápido y me visualicé de Dj, con mi penacho de cherokee, disfrazado de Vivarddi en una fiesta donde había hombres y mujeres con máscaras de animales.
-Va a vivir todo lo que ha soñado-. Lo miré.
-Pero para comenzar no va a ser fácil. Tiene que demostrar su entrega en este “proyecto”-.
-Lo que sea pero quiero andar con un enano. Tener un mejor amigo enano bien fiestero como Wee-Man el de Jackass.-
Yo no entendía de dónde me salían estas gilipolleces.
-Délo por hecho-. Aplaudí. Siempre había querido tener un enano para sumergirlo en montañas de cocaína y ponerlo a follar con tías de dos metros.
-Pero escuche, a partir de ahora quedará a nuestra merced. Para llegar a la cima hay que hacer ciertos sacrificios. Para obtener el poder unos tienen que sufrir-.
Me señaló a las personas en la pista. -Todas ellas deben arder-.
Me eché para atrás y casi me caigo de espalda al sillón. Lo miré con los ojos desorbitados. Se me acercó al oído.
-Ya otros lo han hecho, no les ha importado acabar con pueblos enteros-.
Me imaginé que un día Atila, Napoleón, Hitler, se habían levantado sintiéndose demasiados cortos de estatura o espíritu, querían ser grandes, querían el poder, estaban cansados del fracaso, y este tipo o lo que era este ser, se les había presentado y cambiado sus vidas para siempre.
-Deje la prepotencia, no es tan especial. Esos son otros casos. Usted no es ningún elegido. En este momento estoy teniendo esta misma conversación con más de un millón de hombres y mujeres en el planeta. ¿Cómo lo hago? No lo entendería. Todos están igual de aburridos de sus estúpidas vidas, la mayoría tiene miedo como usted. Algunos están frente a menos personas, otros deberán cometer un completo genocidio-.
Tragué saliva, el hombre siguió diciendo:
-Alcanzará habilidades que ni se imagina, solo debe hacerlos arder, extinguirlos, llevarlos al siguiente estado-.
Luego señaló con sus ojos mis manos. Comencé a moverlas, las sentí muy calientes, al alzarlas sobre mi pecho las abrí. Pude ver cómo una energía dorada pasaba por mis venas. Comencé a contraer y apretar mis dedos abiertos con fuerza. En el fondo los vocales volvieron y la gente gritó.
Have you ever felt like you’ve been hurt before?
By the ones that said they only loved you more?
Pensé que aquella gente era inocente, tenía familia y seres queridos que la extrañaría. Pensé que aquella gente no debía morir por mis caprichos. La miré y sentí tristeza. Busqué a mis amigos pero no los encontré. Analicé mi egoísmo. Analicé si yo podía llegar a ser un maldito asesino. Luego analicé bien las cosas, esas 500, 700 personas que bailaban en un mar de drogas y alcohol, no eran nada comparado a lo que yo iba a experimentar. Seguí analizando bien las cosas. Ninguna de ellas me ayudaría si un día funcionarios estatales llegaran a mi casa a embargarme. Si un día un desgraciado le diera por arrinconarme contra una maldita calle de Bogotá, y se llevara mi billetera tras ponerme un puñal en el cuello. A la mayoría de estas personas les daba igual que yo hubiera nacido. Que yo estuviera vivo en esa fiesta…
Inflicted pain and scars of sorrow,
like an empty shell I wait for tomorrow…
Luego pensé en mi alma, si es que tenía, en mi familia, lo que entendía por valores y deberes. Por los grandes parlantes un hombre con la voz disminuida seguía cantando a un alto volumen:
I sit here wondering why you walked away
Did I ever do you wrong in any way?
Pensé que el domingo la noticia iba a salir en las primeras páginas de los principales diarios y portales noticiosos. No me importó. Pensé en una amiga que había saludado a la entrada de la fiesta. La desgraciada nunca hizo nada por sí misma pero andaba en una Porsche Cayenne y los fines de semana en un Boxster S. La vida era injusta, yo sentía envidia.
Was it something I said to you that made you change?
Así que imaginé cómo sería mi día el lunes que tuviera que volver a la vida normal. Llegaría cansado al trabajo a las diez de la mañana -sí lo sé, tenía un horario de lujo- tras compartir con un montón de asquerosos el trayecto de media hora en autobús. Prendería mi computadora y me enojaría porque los incompetentes del área de sistemas no arreglaron el problema de Internet Explorer que cierra las ventanas al escribir cualquier dirección en la barra de navegación. Luego revisaría 30 correos de comunicadores que trabajan en agencias de medios con nombres de Tías Gordas. Comunicadores que su sustento dependen del número de publicaciones que le consigan a un cliente. ¡A la mierda el freepress! Miraría en Facebook las fotos del fanpage modeloscolombianas.com y cuando me empezara a excitar, me pondría a desgravar tres horas de entrevistas a algún personaje famoso o algún experto que me habló de un tema en específico. Luego comenzaría a escribir un dinámico artículo para gente que no le gusta leer. Cuando mis jefes me dijeran que fuéramos a almorzar a algún restaurante decente, rechazaría la invitación por mi falta de dinero, y terminaría comiendo -junto a mi equipo de trabajo, en la cafetería del diario- algunas de las cuatro opciones de almuerzo insípido industrial, elaborado para más de 2.000 personas y descontado de mi sueldo al pasar mi carné de prensa. Mientras me llevaría a mi boca una buena cantidad de harinas, escucharía como el director creativo expone que no sabe si irse a Nueva York “cinco diítas de shopping” o ahorrar para ir a visitar en junio a su hermana en Dubai. O a la productora contando que se va a cambiar a un apartamento más barato por Rosales, para comprarse un auto nuevo…
There is no more sun… there is only cloudy days…
Mantuve la mirada fija en la multitud. Apreté los dedos de mis dos manos, comencé a contraerlos para cerrar mi puño. Sin apego alguno hacia esas personas, sin importarme si mis amigos aun estaban entre los asistentes, estiré mis dedos con fuerza y abrí las manos lo más que pude. Se tornaron doradas.
Yeah!…
La canción se aceleró. El bajo retumbó mis oídos. Mis manos expandidas temblaron. El hombre se me acercó.
-Lo espero afuera-.
Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Permanecí inmóvil. Uno a uno los asistentes comenzaron a arder en llamas. Era como una reacción en cadena. Saltaban y por sus ropas emergía el fuego. Quise correr pero mis piernas no me respondieron. Mis víctimas no alcanzaban a sentir mayor dolor. Eran llamas internas que se exteriorizaban y los calcinaba en segundos. Podía saber cuál era el siguiente en arder, por el primer y último grito de dolor que emitía. Al observar a cada uno saltar mientras su piel se derretía, sus ojos se contraían, sus articulaciones se doblaban y sus cuerpos se hacían cenizas, varias lágrimas corrieron por mis mejillas. Estaba condenado y no había vuelta a atrás. El olor insoportable de la carne quemada hizo que saliera de mi trance. El humo comenzaba a expandirse por todo el inflable. Algunos de los asistentes -gritando y llorando- alcanzaban a correr unos metros al ver a los demás arder. Luego, sin jamás saber por qué, se encendían de manera intensa. Sufrían lo que los libros de Los grandes Enigmas de la humanidad llaman “Combustión espontánea”.
What goes around will come around and come back and get yah…
Pude ver cómo los organizadores a los lados de la tarima, miraban atónitos el espectáculo, gritaban pidiendo ayuda luego ardían también. El olor a carne quemada se hizo cada vez más insoportable. El calor comenzaba a afectarme y empecé a sudar. Bajé mis brazos y ahora pude salir corriendo, mientras los cuerpos seguían ardiendo. Al llegar a la salida, me detuve y volteé a mirar hacia la tarima. Un mar de cuerpos calcinados caía al suelo. Algunos aun permanecían en llamas. Tosí, los ojos comenzaron a arderme por el humo. Alcancé a divisar a Seth Troxler bajarse del escenario, acomodarse un sombrero de vaquero y perderse por la parte de atrás, no sin antes estirar su mano y despedirse. El maldito sabía todo desde un principio. Me tapé la boca y salí del inflable sin mirar más atrás. Escuché como las llamas comenzaron a quemar la gran carpa. La música siguió su curso…
What goes around will come around and come back and get yah…
Caminé por el césped entre rastros de humanidad. Comencé a descender sobre una pequeña colina. Las pocas personas que estaban afuera también se habían convertido en cenizas alrededor de prendas finas. Estaba en un gran campo rodeado de arbustos y pequeños árboles donde las pruebas de que había asistido mucha gente al lugar, eran los coches último modelo que siempre quise. Observé que estaba solo en ese paraje, mientras el gran inflable ardía. La música aun se escuchaba, el bajo chocaba contra las llamas. En cuestión de segundos el fuego alcanzaría los cables, los equipos y tan solo se escucharía el crujir de los diversos materiales, la contracción de los elementos al arder. Me pregunté dónde estarían mis amigos. Me pregunté con quién se habría ido Seth Troxler. Saqué el móvil del bolsillo de mis vaqueros y sin mirar la pantalla lo arrojé con fuerza hacia los arbustos. Llegué hasta el final del lugar donde estaba el último coche estacionado, en el lado izquierdo comenzaba un sendero, en el lado derecho el camino hacia la autopista principal. El hombre me esperaba en la mitad de estos dos caminos, recostado sobre un Mustang Boss 429 del 71, con rines cromados de cinco aspas, color negro. Pensé en el maestro Egred. Hacía un frío estremecedor, solo se escuchaban los sonidos de los grillos y otros insectos, y mis zapatos estaban llenos de lodo. La música había dejado de sonar y el humo comenzaba a expandirse sobre el firmamento a lo lejos.
Me pregunté por qué el hombre no nos teletransportaba. Me respondió interrumpiendo mis pensamientos que no era tan fácil, que viviera mí desgastada fantasía y me montara en el coche. Lo miré por unos segundos, luego el hombre abrió la puerta del Mustang y quedó en el puesto de copiloto. Abrí la otra puerta, me senté y apreté con fuerza el volante. El hombre me miró por unos segundos. Luego me preguntó si antes había conducido un “pequeño” de esos. Le dije que no, pero que había nacido para ello. Luego me miró de arriba abajo y me preguntó si iba seguir llevando ese collar tan homosexual. Le dije que era un bonito recuerdo. Me respondió que ese era mi problema. Vivía de los fantasmas. Que desde hace años yo estaba viviendo en un estado de negación perpetua, que tenía “El síndrome de la edad dorada”: anhelar otra época que se considera mejor por no ser capaz de sobrellevar el presente. Lo miré unos segundos. Recordé la película Media noche en París. Tomé aire, tan solo le respondí que ahora tenía un buen número de fantasmas bajo mis hombros. El hombre sonrió. Cerré la puerta, encendí el auto, el motor rugió con poderío, antes de introducir primera y presionar el acelerador, le pregunté cómo había perdido el diente que le faltaba. Me respondió que había sido la única vez que un mortal estuvo a punto de matarlo. Un mortal que se cansó de tener una vida longeva. Luego agregó que si había caído en la cuenta que estaba haciendo todo esto por las mujeres y mi adicción al sexo. Le respondí que estaba equivocado, que todo era por descansar y tener dinero. El hombre miró hacía el frente y me ordenó que arrancáramos, que nos quedaban varias paradas antes de comenzar a tener todo lo que deseaba. Sonreí, la idea de que el mundo estaba podrido ya no tenía por qué agobiarme.
Daniel Vivas III
(Noviembre 5 de 2011)